Medicina Hiperbárica en Sancti Spíritus: tratamiento a bordo de un submarino.

Medicina Hiperbárica en Sancti Spíritus: tratamiento a bordo de un submarino.

Cuando aquella especie de nave espacial aterrizó en uno de los locales del Hospital General Universitario Camilo Cienfuegos ni los médicos ni las enfermeras conocían a ciencia cierta cómo manejar esa retahíla de palancas, de reguladores y de relojes. Pocos podían creer, incluso, que dentro de aquella armazón de metal —donde las presiones bajan tanto que pueden simular una profundidad tal como si te enterraran en vida— fuera posible curar.

Hizo falta un andamiaje potente para anclar aquel cilindro a tierra y mantenerlo en pie, además de un equipo entrenado en el tratamiento de patologías diversas que requieren de un único medicamento: concentraciones de oxígeno a bajas presiones.

Pero no es, precisamente, una estación de cosmonautas; desde hace más de dos décadas en Sancti Spíritus se prueban día a día los prodigios de la Medicina Hiperbárica y Subacuática.

DEL ASOMBRO A LA CERTEZA

Dicen que los primeros en someterse a aquel novel tratamiento fueron los buzos y luego se fue extendiendo a aquellas personas que presentaban determinadas enfermedades relacionadas con la navegación aérea y aeroespacial. Mas, demasiados beneficios evidentes como para no incorporar sus efectos terapéuticos en la atención a otras patologías.

“Esto es un submarino —detalla el licenciado en Enfermería Pedro Miguel Díaz—, lo que no tiene motor ni hélice. La cámara hiperbárica se comprime con aire que se purifica y se hace respirable lo que genera presión de 2 atmósferas absolutas y en esas condiciones es que se le administran al paciente los gases comprimidos por vía respiratoria, en lo cual consiste el tratamiento”.

Antes únicamente existía aquí una cámara monoplaza —solo tenía capacidad para un caso—, pero en el 2006 se amplió el servicio con la puesta en funcionamiento de una cámara multiplaza, equipo que cuenta con dos compartimentos en el que pueden ser atendidos a la vez cuatro pacientes, de ahí que diariamente alrededor de una veintena de casos reciban esta terapia.

Según la doctora Mayleidys Crespo Rodríguez, especialista en Medicina Interna y entrenada en la Medicina Hiperbárica y Subacuática, los enfermos no llegan espontáneamente, sino previa remisión médica; mas, antes de cualquier proceder son valorados por los médicos del servicio.

“El tratamiento es bastante inocuo y beneficioso para el paciente, pero tiene determinadas contraindicaciones como la epilepsia y la claustrofobia, además de otras como encontrarse en el curso de un proceso respiratorio agudo, de una otitis, de una sinusitis, pues la vía de administración de los gases es la respiratoria”, apunta Crespo Rodríguez.

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Entre las especialidades que más recurren a esta terapéutica se hallan Neurología, Ortopedia y Angiología, aunque al decir de los especialistas del servicio el desconocimiento del alcance de sus beneficios limita, muchas veces, la explotación de esta rama de la Medicina.

“Aquí se tratan disímiles patologías —sostiene Crespo Rodríguez—, entre las que figuran los accidentes vasculares encefálicos, los traumas medulares, los síndromes posquirúrgicos de las cirugías de raquis, la esclerosis múltiple, la cefalea migrañosa, la ostiomielitis aguda y crónica, la enfermedad de Perthes en los niños, el pie diabético y la radionecrosis de partes blandas —que es muy frecuente en pacientes oncológicos—, entre otras”.

Mas, este tratamiento ambulatorio no es exclusividad de quienes acostumbran a estar en tierra firme, para los buzos deviene chequeo de rutina toda vez que una vez al año deben sumergirse en aquel recipiente hermético para validar que estén aptos o no.

Raiza Calero Cañizares, especialista en Medicina General Integral y entrenada en la Medicina Hiperbárica y Subacuática, señala que entre las urgencias más notables que requieren atención en la cámara hiperbárica se hallan los accidentes del buceo, como la enfermedad descompresiva y la hiperpresión intratorácica, además de otras afecciones como la gangrena gaseosa, el síndrome compartimental agudo, la sordera súbita por trauma acústico, la isquemia de los vasos de la retina y la intoxicación por la ingestión de monóxido de carbono.

De Camagüey y hasta de Cienfuegos acuden pacientes para recibir estas atenciones, las cuales no tienen mayoría de edad, pues aquella nave lo mismo la abordan adultos que niños.

DE LA CIENCIA AL MILAGRO

—Vamos, listos todos que empezamos a bajar presiones. Ya pueden ponerse las máscaras de oxígeno.

Es casi una alerta antes del despegue. La voz se deja escuchar desde el panel de mando. Detrás de aquellas palancas un enfermero especializado está atento a las agujas de los relojes y hasta los susurros que se intercambian, de vez en vez, dentro de la cámara. Basta un intercomunicador para romper simulados aislamientos.

Pero para llegar a ese punto en que los oídos comienzan a zumbarle a uno, en que parece que la temperatura sube ligeramente y en el que no hay más cinturón que la certeza íntima de sentirse seguro, aunque se sepa que aquella compuerta de hierro estará casi clausurada por más de una hora, ha habido que tener no pocas precauciones: antes, un baño de rigor de pies a cabeza; nada de perfumes, cremas ni otros ungüentos; ninguna prenda ni encendedores, cigarros o fósforos; vestir únicamente las batas de algodón entregadas en el servicio…

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“Yo me operé de la columna y no caminaba y gracias a esto he mejorado. Para mí este tratamiento es lo máximo”, confiesa Lilia Ríos González antes de poner un pie dentro de aquel cilindro.

No son exageraciones, probados están sus milagros. De acuerdo con la doctora Mayleidys Crespo Rodríguez esta terapia contribuye a la cicatrización, oxigena los tejidos, acelera el metabolismo celular, favorece la ostiogénesis y la neovascularización (formación de nuevos vasos), disminuye el edema, alivia el dolor, es inmunomoduladora, bactericida, bacterostática… Pero, también tiene infrecuentes complicaciones: si la presión excede las 3 ATA puede provocar convulsiones o si se prolonga el tiempo de tratamiento más de lo debido pueden aparecer trastornos pulmonares.

Puertas adentro aseguran que no hay equívocos: ni un segundo más de los 70 minutos reglamentarios ni un soplo más de oxígeno. Quizás por eso hasta los padres se aventuren a acompañar a sus pequeños en aquel armatoste donde los saben a salvo.

“Esta es la primera vez que se le da este tratamiento de la cámara hiperbárica —dice Anislay Castillo, la madre de Cristian Alexander Valdivia Castillo, un niño de apenas 8 años diagnosticado con la enfermedad de Perthes—. Al principio era más difícil, pero ya se ha ido acostumbrando”.

Y con la mejoría se van borrando los llantos iniciales, el temor a los encierros y la porfía por no sostener la mascarilla de oxígeno constantemente en el rostro. Es precisamente en ese instante donde empieza el regocijo.

“Lo más reconfortante de todo es que tú ves la mejoría de los pacientes en poco tiempo”, afirma la licenciada en Enfermería Iris Lugones, una de las seños que laboran allí desde hace más de dos décadas.

Dicen que no es puro milagro. Solo se trata de de una inmersión en tierra firme capaz de aliviar las dolencias, pero lo más irreal: todo sucede a bordo de un submarino.

Fuente: http://www.escambray.cu/

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